El lunes 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, la tierra se movió con una fuerza que Colombia no sentía hace años: un terremoto de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, que se sintió con violencia en Cali, Pereira, Manizales y buena parte del país. Detrás de la cifra técnica hay algo mucho más doloroso: viviendas colapsadas, familias que lo perdieron todo en segundos y comunidades enteras que hoy siguen contando a sus muertos y buscando a sus desaparecidos. Ninguna explicación geológica puede ni debe minimizar eso. Antes de cualquier otra cosa, nuestro pensamiento está con Chocó, con el Eje Cafetero, con Valle del Cauca y con cada familia golpeada por esta tragedia.
Y sin embargo, esta semana muchas personas nos preguntaron por un fenómeno que resulta casi difícil de creer: mientras la superficie se sacudía, el interior de la Mina de Sal de Nemocón, a 80 metros de profundidad, permanecía prácticamente en calma. No lo contamos como una curiosidad ligera, sino como una manera de entender mejor a la misma tierra que, esta semana, le hizo tanto daño al país. La geología que explica ese silencio subterráneo es la misma que, en otras condiciones, libera la energía de un terremoto. Es la misma fuerza; lo que cambia es cómo viaja y qué encuentra a su paso.
Un sismo libera su mayor energía cerca del punto donde se origina, y esa energía se va perdiendo a medida que viaja, tanto en distancia horizontal como en profundidad. A eso se suma el tipo de terreno: los suelos blandos y sedimentarios, como buena parte de los que hay en la sabana de Bogotá —formados hace miles de años, cuando esta región era un gran lago—, tienden a amplificar el movimiento sísmico, mientras que la roca compacta y sólida transmite mucha menos vibración. La mina está excavada directamente dentro de un macizo sólido de roca salina, y esa roca, la halita, tiene además una característica única: bajo presión no se fractura de golpe como el granito, sino que se deforma lentamente, de manera dúctil, absorbiendo buena parte de la energía en lugar de transmitirla. Profundidad, tipo de roca y comportamiento de la sal se combinan para amortiguar lo que en la superficie se siente con toda su fuerza. Ningún espacio, en superficie o bajo tierra, es completamente inmune a un sismo de esta magnitud, pero entender por qué la tierra se comporta de manera tan distinta según la profundidad y el tipo de roca es también entender mejor por qué un terremoto como el de esta semana golpeó con tanta fuerza a las comunidades en superficie.
Entender la tierra no cambia lo que ya ocurrió, pero sí puede recordarnos lo que sí está en nuestras manos: ayudar a quienes hoy lo necesitan. La Cruz Roja Colombiana activó la campaña #TodosPorColombia para canalizar donaciones hacia las comunidades afectadas, con aportes económicos a través de su cuenta oficial Davivienda, la app Daviplata o su portal web, y hizo un llamado especial a donar sangre en los bancos habilitados para atender a las personas heridas. Si estás en Cundinamarca, la Gobernación también habilitó dos puntos de acopio propios —en la Plazoleta de La Paz de la Gobernación, en Bogotá, y en la Empresa de Licores de Cundinamarca, en la vía Siberia–Cota— que estarán recibiendo alimentos, ropa, insumos médicos y elementos de aseo hasta el 23 de agosto. La recomendación de las autoridades es clara: donar únicamente a través de canales oficiales y verificados, y evitar el envío de elementos que no hayan sido solicitados por los organismos de socorro.
Si estás en condiciones de hacerlo, esta es una semana para donar, para donar sangre, para verificar antes de compartir información, y sobre todo, para no dejar de estar pendientes de las comunidades que más lo necesitan. La misma tierra que nos regala maravillas geológicas como la mina también nos recuerda, esta semana, lo frágiles que podemos ser frente a ella, y lo mucho que podemos hacer los unos por los otros cuando eso ocurre.