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Desde que somos pequeñas, el mundo nos bombardea con una instrucción muy clara, a veces sutil y a veces directa: hay que ser dulces. Se espera que las mujeres sean el lado amable, el filtro suave, la sonrisa complaciente ante la incomodidad. Nos acostumbramos tanto a esa narrativa que se nos olvidó mirar hacia el elemento que verdaderamente ha sostenido a la humanidad.

​No necesitamos ser más dulces. Necesitamos recordar cómo ser sal.

​A diferencia del azúcar, que es un lujo momentáneo, la sal es un mineral absolutamente esencial para que el corazón siga latiendo. A lo largo de la historia, las grandes civilizaciones no se construyeron sobre lo dulce; se construyeron sobre la sal. Era tan valiosa que se usaba como moneda de cambio, era la garantía de supervivencia porque preservaba lo más importante para que no se echara a perder, y era la medicina más antigua, esa que limpia y sana las heridas, incluso si al principio escuece un poco.

​Ser sal en el mundo moderno significa tener la fuerza para preservar tu esencia y tus límites, evitando que el estrés o las expectativas de los demás te consuman. Significa tener la capacidad de sanarte a ti misma. Significa reconocer que tu valor no está en agradarle a todo el mundo o en ser el "postre" de la vida de otros, sino en ser el elemento fuerte, real y necesario de tu propia historia.

​Cuando bajas los 45 escalones de la Mina de Sal de Nemocón y te rodeas de millones de toneladas de este mineral puro, no estás caminando simplemente por un atractivo turístico. Estás entrando a una bóveda que custodia uno de los elementos más poderosos de la tierra. Es un espacio que impone respeto, que no tiene adornos artificiales, que es crudo, inmenso y vital. Exactamente como la verdadera naturaleza femenina cuando se quita el peso de tener que complacer.

​Este mes, si alguien te desea que sigas siendo "la dulzura de la casa", sonríe y recuerda el atractivo  subterráneo que tenemos en Nemocón. Recuerda que no naciste para ser un adorno de azúcar. Naciste con la fuerza de la sal: para sanar, para preservar lo que vale la pena y para darle verdadero sabor a la vida, bajo tus propias reglas.